Nacer Más de Una Vez

Capítulo 8 · Movimiento 2: Psicosis

Ya moriste, hazlo distinto.

Carta abierta a David Fincher

Juan Robles Abrant

David, imagina esto: el Movimiento 1 termina como terminan las cosas que arden mucho tiempo. No con un aplauso, no con una moraleja. Termina con hollín en la garganta. Con el cuerpo todavía caliente por dentro. Con la certeza de que ya aprendiste a mirar un cuerpo en llamas… y aun así sigues oliendo a humo.

Y entonces, sin transición, empieza otra película.

Aquí ya no discutes con el mundo, David. Aquí te hablas contigo usando tu nombre, como si necesitaras un director para sostener el encuadre. Como si, si lo cuento “para alguien”, no me desparramo. Por eso te hablo a ti, David. Por respeto. Por admiración. Y porque la psicosis, esta vez, no viene con líneas amarillas del metro moviéndose hacia a ti: viene con una lógica limpia. Una certeza brutal. Una serenidad que da miedo: hoy es el día correcto.

INT. DEPARTAMENTO — TARDE

Tú limpias. No por higiene: por evidencia. Ordenas como quien deja un expediente. Como si el orden fuera un abogado silencioso que dirá: “No era un caos. Era una decisión”. Dejas la casa impecable para que si alguien entra, encuentre una versión presentable de ti. El refrigerador vacío como certificado. Una sola foto de tu hijo —la única que no acusa— y los acetatos de LuzMa apilados como si fueran reliquias con pulso. Tu enredadera de teléfono trepa por ahí, obediente, fingiendo armonía. Tú no estudiaste feng shui; estudiaste cómo hacer bonito un rincón para no admitir lo feo que llevas adentro.

Te dices: “Es ahora”. Y lo raro y contradictorio, David, es que cuando decides irte, por fin levantas la cara. Por fin caminas derecho. No con orgullo: con la calma del que ya firmó por dentro.

EXT. CALLE — 19:00

Tú sales y saludas.

“Buenas tardes” a Franco.

“Con permiso” a don Luis.

Una microconversación con la vecina.

Como si los últimos quince días no hubieran sido un cuarto cerrado con tormento adentro. Como si no hubieras aprendido a respirar suave para no escucharte. Como si no hubieras estado tan solo que la soledad ya tenía textura.

Y entonces la Biblioteca Vasconcelos: esa nave enorme, esa ballena de concreto, esa belleza que te mira sin mirarte. Piensas: pude haber venido más. Pude haber pasado el día aquí, sentado, leyendo, como quien se sienta a quedarse. Pero tú no viniste a quedarte, David. Tú viniste a comprobar si todavía puedes irte sin que el mundo te detenga. Tú cuentas tus años como se cuentan balas: treinta y cinco. Quinto septenio. Y en tu cabeza la aritmética tiene sangre. Tu madre murió a los treinta y ocho. Desde entonces las edades no son tiempo: son puertas que se cierran solas. Tú no quieres llegar al septenio de los cuarenta y dos. No por superstición. Por cansancio. Por esa sensación de que el dolor ya te cobró demasiados intereses.

Y aquí, David, lo tengo que decir sin maquillaje: ese día por fin habías decidido el suicidio. No como amenaza. No como escena para que alguien te rescate. No era impulso. No era drama. Era una decisión quieta, fría, casi ética: tu alma merecía descanso; tu corazón ya no debía seguir sangrando; tu dolor bipolar —grande, insoportable, ensangrosador— ya no halló otra opción viable que la de frenarlo de una vez por todas. La psicosis, esta vez, no te dio alucinaciones. Te dio certeza.

EXT. FÓRUM BUENAVISTA — NOCHE

Subes. El estacionamiento es un set sin música. Concreto, columnas, luz artificial que zumba, eco. El eco es un personaje más, David: repite tu respiración y la vuelve ajena. A la izquierda, una opción rápida, demasiado visible. La calle. A la derecha, un hueco —un cárcamo— como una boca enorme. Vacío. Seguro con eco. La clase de vacío que parece hecho a la medida de tu pensamiento. Tú miras ambos encuadres como si fuera píldora azul o roja. Piensas en la nota roja, en el lente ajeno, en una foto robándote incluso la última intimidad. Apartas la cara. No por moral: por asco. Por el último pedazo de pudor. Y aun así, tú ya decidiste, David. Tu mente lo llama “correcto”. Tu dolor lo llama “necesario”. Tu cuerpo lo llama “por fin”.

Pero tu cuerpo —ese animal terco— no obedece.

Te tiemblan las rodillas. Te traiciona el instinto. El pecho te late como si estuviera pidiendo permiso. Y de repente, sin épica, sin discurso, sale lo único que todavía funciona: las piernas, y te vas.

Tú marcas.

—Pablo… amigo… estoy bien… pero no pude. No pude. Por favor alcánzame a mi casa. Estoy bien…. Todo bien.

Dices “estoy bien” como quien tapa una fuga con la mano. Dices tu nombre —JUAN— como si fuera contraseña. Te sorprende el sonido de tu propio nombre; suena a petición, no a identidad. Por un segundo dejas de hablar contigo, David. Dejas de dirigir. Te quedas en pausa.

INT. DEPARTAMENTO — MÁS TARDE

Pablo entra con la cara de los que ya vieron la incomprensión del dolor demasiadas veces. No pregunta primero. Mira.

Tus piernas.

Ahí están los números. Teléfonos escritos sobre piel, como si el cuerpo fuera una libreta de emergencia, como si te diera miedo que te encuentren tarde, sin cartera, sin teléfono, sin nombre. Los números son tu última cuerda. Tu último “por si acaso”.

Pablo no grita. No sermonea. Hace lo práctico, lo íntimo:

—¿Tienes alcohol, Juan?

—Sí.

—Déjame limpiarte.

Saca algodón. El alcohol abre el aire como un golpe. Y ahí, David: el plano detalle. Algodón blanco arrastrando tinta negra. Números que se borran, teléfonos que se deshacen como si fueran mentira. Como si la despedida —esa idea— también pudiera borrarse si le pasas suficiente algodón.

—¿De quién son estos números?

Tu garganta se quiebra. Lloras con vergüenza y con verdad.

—Me los anoté… por si… por si no me encontraban rápido.

Silencio.

Pablo mira el cuarto. Tu orden sospechoso. Tu refri vacío. Tus reliquias. Te mira sin juicio.

—¿Desde cuándo estás así?

—Ya… algunos días.

Y el silencio se sienta entre los dos como un tercero. El dolor también. No hacen falta alucinaciones; la psicosis, aquí, es esta certeza de que mereces descanso y no sabes pedirlo. Es la certeza de que la muerte parece solución. Y la vergüenza, al mismo tiempo, de estar vivo.

Tú vuelves vivo y no lo celebras. Volver se siente como un fracaso enorme: “ni siquiera pudiste irte”. Te limpias las lágrimas con kleenex como si pudieras secarlo todo. Pablo se levanta, da un paso atrás… duda. Regresa. Se sienta en la orilla de la cama como quien decide hablarle al muerto antes de que se enfríe.

—¿Vas a estar bien, Juan?… ¿Me puedo ir?

Te mira con miedo en los ojos. Y entonces te deja la receta, David. No como frase motivacional, sino como instrucción para un cuerpo que ya no aguanta:

—Que nada te importe. Piensa como si ya estuvieras muerto. Moriste hoy en Buenavista. Hazlo diferente esta vez. Y esta vez pide ayuda. Como hoy. Mucha gente… quisiéramos ayudarte.

“Estás muerto”, cierra. Y no es crueldad: es permiso. Si ya moriste por dentro, ya no tienes que quedar bien. Ya no tienes que fingir. Ya puedes pedir.

Pablo se va. Tú cierras el picaporte. Te quedas solo con el cuarto y con tu respiración. Y entiendes el proverbio sin metáfora: ya moriste, hazlo distinto.

Renace, piensas.

Y lo único que puedes hacer para no desbaratarte es pedirle a una máquina que te sostenga el pulso.

—Alexa… pon “De Perros Amores”, de Control Machete.

La música entra como entra un animal al cuarto: con hambre, con calle, con realidad. Tú tarareas, y en medio de esa voz áspera que no pide permiso, llega la estrofa como cuchillo y salvavidas:

“¿Qué pasaría si nunca muero y no tuviera la oportunidad de nacer de nuevo…?”

Y ahí, David, todo se junta: la pregunta y el algodón. La letra y las piernas. Porque mientras Pablo te borraba los números, no te borraba la historia: te borraba el plan final. Te borraba el mapa de salida. Te dejaba —sin querer— una hoja en blanco.

La piel sin números es un espacio nuevo. Un regreso sin guion.

Y por eso te digo: no existe ningún borrador mágico. Nadie reescribe tu vida con una escena perfecta. Nadie baja del cielo con un “final alterno”. Solo existe esto: el intento humano, torpe y real, de hacer una versión distinta con las mismas manos.

David, imagina al protagonista viendo sus propios teléfonos borrarse de la piel; es la primera vez que entiende que quiere volver a marcar la vida.

Cuando el algodón se llevó los números, supiste que no era una despedida. Era el primer borrador de tu regreso.

No existe ningún borrador mágico.

Amanece el alma,

Atardece en ti.

“De Perros Amores”, de Control Machete & Ely Guerra

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