Nacer Más de Una Vez

    Capítulo 3

    La edad en que uno se rompe…

    o se revela

    Juan Robles Abrant

    En mi casa había una frase que se usaba como regaño ligero, pero en realidad era una sentencia:

    "Como eres en todo, eres en todo."

    La soltaban cuando llegaba tarde, cuando olvidaba algo, cuando dejaba un vaso sin lavar. De niño sonaba a exageración. De adulto entendí que no hablaba de modales, sino de carácter: si haces trampa en pequeño, también la harás cuando haya ceros grandes. Si te encoges con el portero, te encogerás con el CEO.

    Si pienso mi vida en edades, no la recuerdo en cumpleaños, sino en quiebres. No crecí: me partí.

    Pero hubo un territorio que todavía parecía entero: mi segundo septenio, de los siete a los catorce. Y ese territorio tenía una sede: la empresa de mi padre, distribuidor de Kodak.

    Los sábados eran un rito sin altar. Nos levantábamos temprano, llegábamos al local, levantábamos cortinas metálicas y el mundo se llenaba de olor a químico, papel fotográfico y mercancía dormida. Había rollos, bobinas, cajas con logotipos amarillos y rojos, escritorios con fax, teléfonos fijos y agendas de papel llenas de nombres.

    A mí me fascinaba ese ecosistema de adultos: directores regionales, subdistribuidores, gerentes y más gerentes, representantes de ventas que llegaban de traje a saludar a "Don Juan". Ver entrar a un director de Kodak a la oficina de mi papá era como ver a un dios menor bajar al barrio.

    Había reuniones a las que me dejaban quedarme, y otras en las que, sin decirlo, sabía que tenía que desaparecer. En alguna ocasión mi padre me dijo:

    —Abre el altavoz en la otra oficina. Si escuchas algo raro, activas el botón de pánico.

    Iban a despedir a alguien que podía ponerse violento.

    Tenía menos de doce años y ya estaba aprendiendo que el trabajo también era eso: decisiones que podían romperle la vida a alguien en una tarde.

    En vacaciones la cosa se ponía mejor: podía ir entre semana. Todos me cargaban, me enseñaban, me hacían sentir útil. Desde acomodar rollos en la bodega hasta diseñar "ofertas" con lápiz en hojas de publicidad, donde siempre quería regalar todo y la casa perdía. Lo bueno es que esa publicidad solo duraba mientras yo estaba ahí; como buen niño, mi presencia nunca excedía un par de horas.

    Desde antes de entender la palabra "capitalismo", entendí otra cosa: todo eran transacciones.

    Capturar dinero y dar algo a cambio, sin trucos.

    Ver llegar a los empleados los sábados, formarse para cobrar, escuchar sus quejas o sus chistes, verlos salir con el sobre de pago en la mano. Luego ver a los proveedores, a los gerentes, a los clientes. Todo era un flujo continuo de pesos entrando y saliendo.

    No entendía todavía el concepto de "velocidad del dinero", pero ya intuía que algún día esas transacciones se convertirían en algo más abstracto: transacciones por segundo, comisiones invisibles, plataformas que cobrarían sin ensuciarse las manos.

    Entre tanto adulto yo prefería la mesa grande: ahí ocurría todo. Me gustaba desencriptar conversaciones, notar quién hablaba distinto cuando mi papá estaba presente y cuando no. Aprendí pronto que había conversaciones de oficina y conversaciones de baño; que "echarse un fax" a veces no tenía nada que ver con el aparato, sino con dos empleados encerrados mientras "Don Juan" estaba en el banco.

    El respeto de sus empleados hacia mi padre era otra lección silenciosa.

    Ellos decían "dice Don Juan", no "dice tu papá". En esa frase había jerarquía, pero también reconocimiento. Yo veía a un ex empleado de Kodak, ingeniero, alto, güero chilango-zacatecano, de buen porte, que se esforzaba por no agachar la cabeza frente a nadie: ni frente al director regional ni frente a la persona que limpiaba el piso.

    Eso me marcó: los ojos siempre paralelos al piso.

    Ni arriba, ni abajo. A la altura de cualquiera.

    El sentido del trabajo, la disciplina de pagar a tiempo, controlar conflictos, vestirse formal, manejar una marca, calcular un margen para que el rebate no se comiera la utilidad, decidir a quién contratar, a quién correr… todo eso lo aprendí antes de cumplir quince. Los sábados por la noche, cuando todos se iban, quedaba el verdadero ritual: mi padre revisando rutas, facturas nuevas, cuentas por cobrar para que mi tío saliera a recorrer estados y municipios la semana siguiente.

    Ahí aparecía otro quiebre: la escasez anticipada.

    Yo sabía, sin que nadie me lo explicara, que muchas veces el dinero ya estaba comprometido antes de llegar. Que ese vestido que mi hermana exigía para su graduación, y que mi padre terminaba pagando, probablemente salía de un dinero que todavía no estaba en la caja. Que había deudas, créditos, cheques postfechados, la eterna pregunta de si iba a alcanzar.

    Eso me forjó raro:

    no vivimos en miseria, pero sí crecí sabiendo que cada peso tenía un sitio reservado.

    No pedía mucho; a veces pedía menos de lo que necesitaba. Aprendí a no exigirle al sistema más de lo que yo mismo veía que podía dar.

    Al mismo tiempo, otra fractura se gestaba en silencio: la de mi lealtad hacia mi madre.

    Ella ya había muerto. Y yo, de los tres hermanos, fui el primero que aceptó acompañar a mi padre cuando comenzó a salir con alguien más. Nadie me lo pidió así, pero yo lo sentí como un pacto: si lo acompañaba, si era "cómplice" de su nueva vida, estaba traicionando la memoria de mi madre.

    Ahí también me partí.

    Me revelé al ver a mi padre como hombre —con soledad, con deudas, con deseos— y al mismo tiempo me rompí al darme cuenta de que mi lealtad no era tan pura como me hubiera gustado. Me dolía estar a su lado y, a la vez, no quería dejarlo solo.

    Romperse o revelarse, delgada es la línea.

    Años después me rebelaría de la única forma que sabe un adolescente: pensando distinto, llevándole la contraria, alejándome. Pero también volvería a él: fue quien me enseñó a tratar a todos por igual, a hablarle con la misma voz a un empleado de limpieza y a un director general, a no encogerme en presencia de nadie.

    "Como eres en todo, eres en todo" dejó de ser un regaño y se volvió un espejo incómodo.

    Si era congruente al dar cambio, ¿por qué no iba a serlo al hablar de amor, de trabajo, de amistad? Si sabía que una transacción injusta en la tienda era inmoral, ¿por qué iba a ser diferente en la vida?

    Yo no sabía que años después mi piel iba a abrirse en canal, que mi cerebro iba a incendiarse, que mi nombre iba a ir acompañado de un diagnóstico y de un manual de pastillas. Tampoco sabía que habría psiquiatras, internamientos y espejos opacos.

    Lo que tenía en ese entonces era mucho más simple y, por eso mismo, más definitivo:

    la certeza de que la forma en que acomodaba una caja, escuchaba a un empleado, cuidaba la mercancía o veía a mi padre pagar una deuda, decía algo de quién era yo y de quién no quería ser.

    Si hoy me buscas en mi biografía, no empieces por el Stevens-Johnson ni por el trastorno bipolar.

    Empieza por la caja registradora de Kodak, por los sábados con "Don Juan", por el niño que ya entendía que todo son transacciones, pero que no todo se vale por una transacción más.

    Porque en esa tienda no solo vendíamos rollos y papel fotográfico: vendíamos, sin saberlo, la idea de que un hombre vale por cómo cumple su palabra.

    Y esa frase —"como eres en todo, eres en todo"— se quedó pegada a mi piel mucho antes de que la enfermedad intentara arrancarla.

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